miércoles, 5 de septiembre de 2007

Del informe

El sábado pasado aconteció la entrega del primer informe de gobierno por parte del presidente Felipe Calderón al Congreso de la Unión. Éste día, que en tiempos pasados fuera muchas veces una celebración del ejecutivo nacional (en años de la dictadura priísta), no pocas veces ocasión de anuncios terribles y algunas otras, acaso una, el año pasado, ni siquiera fuera, ésta vez fue un día cuando menos significativo dentro de la vida institucional de nuestro país.

Surgido de un proceso electoral al menos tan dudoso como lo es el supuesto fraude, Felipe Calderón, presidente constitucional de nuestro país, arribó a la cámara de diputados poco después de las 5 de la tarde, cumplió con el mandato que la Carta Magna señala, dirigió unas breves palabras a diputados y senadores para después abandonar el recinto. El PRD abandonó el pleno de la Cámara, incluida la presidenta del Congreso de la Unión, Ruth Zavaleta, sin dejar ésta de cumplir con el mandato que le da la Constitución. De entre las declaraciones que tuve oportunidad de leer, las de Ruth Zavaleta, licenciada en sociología por la UNAM, me parecieron harto interesantes. La diputada, mujer de convicciones y principios como ella misma se declara, se las arregló para hacer notar el cuestionamiento que en su legitimidad millones de mexicanos le hacemos al presidente “espurio” y sin embargo y al mismo tiempo, reconocer la legalidad del cargo de Calderón. Ambos aspectos, que en primera instancia pudieran parecer incompatibles, fueron no sólo conciliados por Zavaleta, sino que leyendo con detenimiento el mensaje en el que dio los motivos para excusarse del pleno de la cámara me parece que menciona algo fundamental, y cito:

“(…)El congreso es un lugar de debate y de acuerdos. Es la representación de la pluralidad y representatividad. Ha llegado la hora de reformar al Estado y a sus instituciones, que ya no responden a los nuevos tiempos de México(…)”

El resaltado del texto es mío. Enseguida hace un llamado a seguir impulsando las transformaciones que nosotros los ciudadanos exigimos. Así, sin gritos ni empellones de ninguno de aquellos que deben su cargo a la ciudadanía y que, en la teoría, nos representan, Zavaleta dio un digno ejemplo de institucionalidad y respeto a los electores, ejemplo respaldado por la digna actuación del PRD en su conjunto.

En una democracia, la constitución marca las formas de convivencia a seguir a fin de mantener la civilidad. Es en este marco, junto con el resto de las instituciones, en el que todos y cada uno de los ciudadanos de éste país debemos y podemos desenvolvernos. Hoy en día es claro que muchas instituciones no responden a las exigencias que la mayoría de nosotros, la sociedad civil, tenemos. La posición de Zavaleta, y que bien podría ser la posición del Partido de la Revolución Democrática, me parece que apunta precisamente en ese sentido: cambiar las instituciones y el Estado para que éste este conforme con lo que el pueblo dicta, y creo que cada vez más la mayoría apuntamos en un sentido distinto al que los últimos gobernantes han tenido. Es sumamente valioso notar que hay quien reconoce en el congreso un lugar de debate y acuerdos, de representación de la pluralidad y de representatividad; pero más valioso es saber que en tiempos de crispación política, de ríspidas y por ratos estancadas relaciones necesarias para la negociación (aunque nadie lo dude, seguramente las negociaciones políticas entre los partidos se siguieron dando durante todo el período de no reconocimiento al presidente) haya visible y en un puesto de suma importancia al menos una diputada que apunte al mismo tiempo a la vía institucional, del diálogo, el entendimiento y el consenso, y a la transformación de las instituciones y del Estado.

El PRD más de un año después de una elección sumamente dudosa, peleada, llena de descalificaciones y lodo por donde sea que se analice, sigue siendo por una ligera diferencia la segunda fuerza política en el congreso, lugar por años perseguido y privilegiado en la búsqueda de reformas reales en el país. Aún así, y aún después de mucho tiempo de abogar por un espacio de esta naturaleza, se negaron a mantener un debate con el ejecutivo (cuando bien pudieron haberle dicho de frente las razones por las que se le considera espurio e ilegítimo), siendo ésta una posición hasta cierto grado comprensible y respetable. No veo, sin embargo, imposible que en adelante se puedan conciliar los cuestionamientos que varios millones de mexicanos hacemos a Felipe Calderón con las transformaciones que estoy seguro millones de mexicanos deseamos.

Mario Ernesto Olvera Valerio

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